
Tus progenitores, los que te han criado, y otras personas que te han cuidado, son tu referente, los míos son mi punto de partida, pero ¿tenemos en general miedo a superar a los padres?
Ellos y ellas, en la mayoría de ocasiones, son los que nos han dado un nombre, nos han acompañado, nos han mostrado más o menos el camino que esperaban que siguiéramos, nos han alentado a conseguir metas, nos han dicho que está bien y que está mal, nos han felicitado por determinados logros, nos han limitado y nos han reprendido por lo que consideraban errores y quebrantamientos de normas familiares y/o sociales.
Todos los padres ofrecen un modelo a sus hijos (a veces de una forma activa y vehemente), muestran el estilo de vida al que aspirar e invitan o coaccionan para que las personas a su cargo hagan suyos sus propios valores y consigan ciertos objetivos en su nombre o en el de la familia.
Ser fiel a las costumbres, valores y objetivos de tus padres te hace sentir más seguro, cuestionarlos y buscar una vida propia requiere más seguridad en uno mismo y más esfuerzo. Es más fácil que optemos por lo familiar que nos dediquemos a innovar.
Lo desconocido nos da miedo porque además de hacernos salir de la famosísima zona de confort, nos hace sentir desagradecidos.
Los padres quieren, por lo general, que sus hijos se les parezcan
Tanto en el físico como en la manera de pensar y comportarse.
Piden explícitamente, también de forma más discreta, que sus hijos sean o alguien parecido a ellos (aunque también piden que sean/hagan algo que no pudieron alcanzar).
Y las comparaciones son inevitables y casi siempre llegan a ser odiosas aunque lo que se pretenda con ellas es cohesionar a la familia.
Si a las criaturas no hacemos más que recordarles y señalarles que los ojos, el color de pelo, el oyuelo, los dedos, la forma de la boca son igualitos, igualitos que los de otro familiar les agobiamos y hacemos sentir copias. Si su físico y sus habilidades no son suyas, son prestadas, ¿qué es propio de ellos, pues? Y lo mismo con los comportamientos.
Al respecto, te recomiendo para los más pequeños, el cuento Nadie como tú (His mother’s nose) de Peter Maloney y Felicia Zekauskas publicado por Beascoa, y me temo que descatalogado (prueba a pedirlo a tu biblioteca de referencia).

Los padres observan a sus hijos, se comparan con ellos, los comparan con otros, familiares o no. Los padres ponen etiquetas muy tempranas a sus hijos que más que ayudar, son una losa.
Las ganas de clasificar y entender a los hijos les hacen llegar a conclusiones precipitadas: «¡Qué pataditas da este peque en la barriga, será futbolista!», «¡Mira cómo le gusta ese cuento, será tan buena lectora como su abuela!», «¡No te enfades tanto, tienes tan mal carácter como tu tío!».
Tengo una misión imposible para ti
Ser padre, ser madre no es fácil, cada vez más personas deciden no serlo ante el panorama abrumador (ya no está tan mal visto no tener hijos aunque si eres mujer te sentirás muy juzgada por ello) porque cuidar y sostener la vida de una criatura, educar en valores sin interferir en la genuina manera de ser de un hijo y poner los límites saludables es pedir demasiado.
Somos humanos, como diría Chenoa, cometemos «errores imborrables y pienso que con amor son superables».
Los padres no se pueden hacer cargo de todo lo que está pendiente de solucionar en su familia de origen y menos si no han recibido educación emocional. Nadie en verdad puede hacerlo.
Algunos padres ponen palabras a lo que esperan de sus hijos: «Quiero que seas abogado/médico/funcionaria», «Espero que lleves una vida decente y eso significa que quiero que te cases con una persona de distinto sexo que el tuyo y tengas X hijos biológicos, ni más, ni menos».
Otras misiones son secretas (y transgeneracionales): «Me gustaría que fueras madre soltera por elección para reparar lo que pasó tu bisabuela cuando se quedó embarazada de una pareja que no se hizo cargo de ella y la criatura», «Ojalá escojas como pareja a un chico que se llame Miguel porque así recuperaremos simbólicamente al tío abuelo que despareció en la Guerra Civil».
Y otros deseos son todavía más extraños y difíciles de descifrar, es lo que la Escuela de Palo Alto, concretamente el antropólogo Gregory Bateson llamó double bind (que se puede traducir por doble vínculo, doble constreñimiento o doble obligación), cuando miembros de la familia comunican verbalmente a otros un mensaje pero también oralmente o corporalmente comunican el contrario.
Por ejemplo un típico: «Quiero que seas feliz» cuando en realidad lo que se pide es que no lo seas, que vivas y revivas dramas familiares o «Me gustaría que estudiaras para que tuvieras éxito en la vida» cuando lo que subliminalmente se pide es que no superes el nivel de estudios y de vida para que no te conviertas en una persona ajena a la familia que se aleje de los suyos.
Estos mensajes doblemente coaccionantes que todos, todos, todos recibimos y emitimos nos piden algo y lo contrario y por lo tanto nos colapsan, nos hacen sentir culpables por no ser fieles, nos inmovilizan y nos hacen sentir malos y/o locos. Somos muchos los que tenemos miedo a superar a nuestros padres por esta razón.
Por todo esto, te invito a que localices las misiones y proyectos de tus padres tanto los verbalizados, como los ocultos, sobre todo los contradictorios. Te sorprenderá reconocer lo fiel que eres a ellos si has seguido sus dictados o cómo han marcado tu vida al llevar la contraria. Y si quieres que te eche una mano con ello, por supuesto, escríbeme.
¿Eres fiel a tus padres?
¿Hiciste lo que te pidieron o todo lo contrario?
Fotografía: flickr.com/commons




