
Seguro que más de una vez has oído la frase «Los trapos sucios se lavan en casa».
No es una frase cualquiera, es un proverbio que tuvo mucho consenso social y que ahora ya no se promueve, al menos no en público, que de eso va precisamente la frase…
¿De dónde surge?
Pues hace unas décadas, la ropa se lavaba en ríos o lavaderos públicos en los que las mujeres hablaban de sus cosas sin hombres alrededor fiscalizando sus palabras.
Ellas conversaban de los asuntos más intrascendentes, los banales y favorecedores y a veces también de temas más comprometidos, íntimos y oscuros.
Los trapos, la ropa menos vistosa de una familia, no eran nada decorosos y a veces se lavaban o prelavaban en casa. Entre ellos estaban los trapos menstruales.
Por cierto, ¿alguna vez has ido al baño escondiendo como si fuera algo horrible tu compresa o tampón para que no lo vean los demás? Parece ni el pasado ni hoy en día nadie tiene que saber que está pasando a tu cuerpo, es tabú.
Los trapos sucios, aquello que no debería enseñarse por pudor, son una metáfora de los problemas familiares más vergonzosos, aquellos que la mayoría de las veces sufrían en silencio las mujeres y las criaturas. Violencias físicas, psicológicas, sexuales, económicas y ambientales perpetradas mayormente por adultos varones.
Esos problemas familiares no debían compartirse, no debían airearse, porque debían solucionarse en la intimidad del hogar y en muchos casos en realidad debían permanecer exactamente igual con el fin de no dar mala imagen de la familia o de algún miembro de ella.
Hay conflictos y conflictos
Y no todos deberían quedar en familia.
En honora a la verdad, es más probable que tengas conflictos con personas con las que te relacionas diariamente, que con personas desconocidas.
Cuanto más tiempo pasas con alguien más posibilidades de conflicto tienes y con quien casi todos pasamos más tiempo es con nuestros familiares, sobre todo con los que convivimos, pero…
No es lo mismo chocar en prioridades, objetivos y puntos de vista que enzarzarse en peleas a gritos por ellos.
No es lo mismo tener desavenencias que discutir con furia.
No es lo mismo reñir que batallar.
No todos los conflictos se solucionan entre las mismas personas que se originan.
A veces necesitamos mediadores, personas más imparciales que nos ayuden a saber si el conflicto tiene soluciones, en caso de que sí, cuáles y en caso de que no, qué salidas hay.
Podrían ser otros familiares pero normalmente se decantan por una de las partes.
A veces necesitamos que nos defiendan, que protesten, que reclamen por nosotros nuestros derechos, sobre todo cuando estamos en situaciones vulnerables.
¿Quién se atreve a airear los trapos sucios?
Menos personas de las que lo necesitan.
Mucha gente se incomoda cuando otra persona cuenta qué pasa en tu familia, te ignora, te silencia, te culpa, se burla… Y por eso muchas personas optan por mantener secretos.
Otra te escucha, te valida, te apoya… Y aunque no solucione lo que te pasa te hace sentir menos sola.
No siempre es fácil pedir ayuda si hay poca autoestima, si sientes que no la mereces, que no es para tanto, que tú eres más responsable del conflicto que la otrs persona o que lo has provocado, y además, hay pocos recursos externos..
No siempre es fácil, pero siempre es necesario si estás sufriendo.
La intimidad no debería equivaler a impunidad.
Aunque otra cosa es no querer abordar los conflictos familiares que se te presentan y quejarse a los demás de los problemas que tienes con otros cuando en realidad podrías solucionarlos teniendo conversaciones complejas y difíciles con tu/s familiar/es.
En los conflictos familiares no siempre hay abuso, desigualdad, malos y buenos.
Es importante decirlo en un momento en que se promueve más poner límites tajantes que la conciliación y que parece que todas las relaciones para ser sanas tienen que estar libres de colisiones.
Si el conflicto no te pone en peligro dale una oportunidad al diálogo sincero, vulnerable y compasivo.
Pero si lo estás, toma cartas en el asunto.




